Luz Verde
- DWA Team
- Jan 13, 2023
- 8 min read
by Julie Yaeli

Ya he dado besos topao, antes, cuando jugaba a la botellita o dique jugando a «mamá y papá». Esa vez fue diferente. Ese beso fue con el novio. SÃ, asà mismo, 3 meses antes de cumplir los 15 años, empecé a salir por primera vez con un noviecito a escondidas.
Si Mami o Luis se hubiesen llegado a dar cuenta, «La pasión de Cristo» me iba a quedar corta a mÃ. En casa, cuando usted desobedecÃa a Mami, de una vez ella te caÃa a fuetazo. Hoy todavÃa le cuesta entender que, en ese entonces, ella era brutÃsima. En mi casa, los hijos no salÃan cuero, ladrón ni pájaro. Por que cómo decÃa Mami, «Asà como te di la vida, también te la puedo quitar».
La primera vez que salà a encontrarme con el novio a escondidas fue en las escaleras de un apartamento de un primo de Rosita. Rosita y yo estábamos en el mismo colegio hacÃa como 5 años, desde el 5o de primaria hasta el 1o de bachillerato. Marie, mi hermana menor, también estaba ahÃ. Las dos me esperaban en el primer piso del edificio, como si fueran guachimanes, en lo que yo me chuleaba a toda madre con el novio mÃo. Ese dÃa le prometà el mundo y mucho más a mi hermana. La llamábamos «Tecata» por lo loca que era con los dulces; yo nunca he conocido a nadie más enfermo con lo jodio dulce. Si estuviera en una de esas prisiones americanas con sentencia de muerte, pedirÃa de comer antes de morir un dulce de coco de Abuela Luz, un flan o quizás hasta una azúcar quemá.
El novio tenÃa las palmas sudadas, los labios rellenos y ¡el pipo, que melena tenÃa! El cabello negro como el de Mami, de esos que dicen que son «pelos buenos y fuertes». La piel clarita. Él sabÃa lo que hacÃa, y yo simplemente me dejaba llevar, siempre y cuando no se pasara. Mientras me besaba, su lengua iba para la izquierda y la mÃa para la derecha. En una, le mordà el labio, sin querer queriendo, porque ese truquito lo vi en una pelÃcula de esas europeas que mostraban las teticas. Las orejas se me calentaban y eso de chulearse era vacano. Con razón, muchas muchachas en esta vuelta quedaban embarazadas. De las muchas cosas que me pasaban por la mente, en una, escuché a Mami decir: «Tú eres una recalentá; queda embarazada pa que tu vea, que plátanos vacÃos vas a comer».
Quedar embarazada a los 15 años en mi familia, como en muchas otras que también conozco, era como declarar que usted era una puta, cuero, atrasada o malagradecida. No creo que ninguna mujer en verdad quiera eso, y que yo sepa, uno no está pensando que eso va a suceder, o en usar un preservativo o la pastillita del dÃa siguiente, porque a los 15 años apenas se empieza a vivir y uno todavÃa es un «culo cagado», como dice Mami.
«Machera» era un apodo que comúnmente se me asignaba a mÃ. Me encanta estar entre los machos. Se me ocurren miles de razones por las cuales me gustaba más estar entre los machos. La primera es la libertad. Los machos pueden tener novias desde temprana edad, no los mandan a cocinar, los tratan como reyes, les planchan, les lavan la ropa y un sin número de cosas más.
Rosita sube y me dice que llegaron por mÃ. Tomo a mi hermana de la mano y ella se suelta. Me pregunta: —¿y mis dulces? Le prometo comprarle todos los que ella quiera, siempre y cuando no diga nada, como habÃamos acordado. Que, si su papi pregunta, yo le respondo.
El padre de mi hermana era mi padrastro. El mÃo vivÃa en Nuevayor, con una familia nueva, y Mami jamás lo mencionaba. Él, como quien dice, pensaba que era de aire que uno se alimentaba.
Cuando llegamos hasta la jeepeta, nos encontramos con el papá de Marie, Luis. Siempre serio, de carácter militar frustrado, no saludaba y hablaba cuando le daba la gana. Un come energÃa.
Yo no puedo hablar mucha mierda: Mami ya tenÃa dos muchachos, y tu sabe, hay que ser agradecido... Porque ¿quién quiere cargar con muchachos ajenos? Él nos puso un techo sobre la cabeza, nos pagó el colegio y esos viajes a Nuevayor, era él que los pagaba la mayorÃa de las veces para que fuéramos a visitar a nuestro pai. Estoy segura de que Luis tenÃa las mejores intenciones con nosotros. La razón por la cual él no querÃa que yo estuviera de machera era para que la gente no hablara porquerÃa, o simplemente para protegerse y protegernos.
Él no estaba de acuerdo con eso de novios porque podÃa quedar embarazada y eso también hubiese sido feo, la gente dirÃa que tanto Mami como Luis no hicieron bien su trabajo de guiarme hacia un mejor camino.
Marie, para mÃ, era la más dichosa, creció con su propio padre. Él le daba todo el amor que le corresponde a un padre dar. Recuerdo ver a Luis visitar el estudio donde vivÃamos con Mami, y cuando menos lo esperábamos, él nos mudó a un apartamento más amplio. Pasaron unos meses de habernos mudado, y allà fue cuando Mami nos confesó que tendrÃamos una hermanita. Javier y yo estábamos felices.
Luis nos dijo a Javier y a mà que él no venÃa con intenciones de reemplazar a mi padre, nos ordenó que lo llamáramos por su nombre. Yo lo tomé como que él nunca quiso ser mi papá. Hubo consejos, pero muy escasos abrazos.
Cuando Luis y Mami se conocieron, él apenas tenÃa 24 años, y ella 22. Luis, como cualquier hombre joven, con la calle en las venas. Su pensar es que la mujer se queda en su casa y deja que el hombre haga lo que le dé la gana. A Luis parece que se le habÃa olvidado que Mami no era cualquier mujer, que era un gallito de pelea y tenÃa muy poca tolerancia para los abusos o infidelidades.
Mami tenÃa dos trabajos. Me tocó asumir responsabilidades a temprana edad, por que como decÃa ella: «Tú eres inteligente y Mami te necesita». Ella trabajaba como una burra y para poder llegar a este paÃs, tuvo que hacer muchas maromas.
Javier y yo nacimos en Estados Unidos y cinco años después de que Mami estuviera casada con Papi, decidió dejarlo porque, como ya he dicho, tiene poca tolerancia para esas cosas. La relación de Papi y Mami era bien machista, de abusos y manipulaciones. Papi tenÃa una relación antes de casarse con Mami. Ese pasado de Papi le hizo la vida de cuadritos a mi mami.
Después del divorcio, veÃamos a Papi un fin de semana sà y uno no, y el tiempo con él consistÃa en ir al buffet o al flea market los domingos. Muchas veces me jalaba pa un lao: «Tú sabes lo que te he dicho», me decÃa él. «Dile todo a Papi, no te dejes poner la mano de nadie que no sea Papi o Mami y no juegues con varones», yo le respondÃa. NO JUEGUES CON VARONES.
La mayorÃa de las veces, cuando nos juntábamos por el lao de la familia de Papi, eran más varones. ¿Y con quién iba a jugar? Yo sudada, escondida en un cuartito jugando a las escondidas con los primos, ya nada más faltaba que me encontraran a mÃ. Papi decide salir a buscarme y me llama: «Yari EstefanÃa», y yo sé que cuando él dice mis dos nombres es en serio la cosa.
—¡Seeeeeeeñoooooorrrrrr! Salà a encontrarlo. Me reclama que cuántas veces me ha dicho esto y aquello. Los muchachos se terminan burlando de mÃ.
Se comentaba que yo tenÃa un mejor bateo que el de mi hermano Javier. No era mi intención, pero de que tengo más swing que él, eso no me lo quita nadie. Se burlaban de Javier: «Mira pallá, una hembra sabe más que tú, la machera es una Sammy Sosa». Javier y yo nos fajábamos mucho. Él acostumbraba a manipularme bastante también. Si no le hacÃa favores o ciertas cosas que pedÃa para su beneficio, me amenazaba con decirle a Luis y a Mami que yo tenÃa novio.
—¿Novio? ¿Cómo este mojón ya sabe? Si nunca lo traje conmigo ni le habÃa dicho a nadie aparte de Marie. —Pensé yo.
Mami no tardó mucho en darse cuenta lo mucho que me gustaba el novio.
Toda mi preadolescencia se basó en conservar mi virginidad, en ser la imagen perfecta de mi casa y del nombre de la familia.
Una tarde, se organizó una fiesta en mi casa. Y allÃ, llegó el novio. No podÃa fingir que éramos simplemente amigos porque como quiera siempre te querÃan poner a alguien de novio. Asà que ni importaba. ¡Que aficie! Bailamos esa bachata de Héctor Acosta «Si tú estuvieras», yo en plena adolescencia y enamorada, la repetÃa y la repetÃa hasta que la quemé.
Trancazos, gritos, una tormenta en la cocina. Luis le reclama a Mami que yo soy un cuero, que ya mismo iba a quedar embarazada, que sus sacrificios no valieron la pena. Me mandan a buscar. No quiero salir de la habitación, ya sé lo que me espera, pero escucho a Mami llorando.
No sé cómo ni con qué cojones los encuentro en la cocina; Mami me hace una pregunta, pero no me deja responder, y ya tengo la correa entre las piernas como una culebra, picándome caliente como veneno, la trato de evitar y de moverme. Me toma por el pelo y me pega en la cara. «¡Sucia!», me vocea.
Lágrimas, enojo, no entiendo. ¿Por qué no hablar, por qué tratarme as� «Soy virgen, soy virgen, ¡soy virgen, coño!», me repito en la cabeza. No puedo aguantar más, un nudo seco y fuerte en la garganta se deshace y no paro de temblar, de llorar. Tantas preguntas y solo gritos.
Luis hubiese podido tratar de hablarme como si yo hubiese sido Marie, me hubiese podido decir «Mi hija, las niñas son como las flores: mientras más se les toca a las flores, más se marchitan. Mi niña, siempre le pido al Señor por ti, quiero llevarte al altar, quiero que termines tu educación, que llegues lejos, mi niña. Soy hombre y sé cuáles son las intenciones de estos muchachos, soy hombre y también he marchitado flores y las he dejado como sábanas recién estrujadas».
Yo quiero ser orgullo, yo quiero que mi nombre se mencione en los lugares más respetados.
Yo no soy fácil. SÃ, eso lo sé. Pero nunca me he quemado de curso; he asumido mis responsabilidades y he ayudado, tratando siempre de ser su orgullo. Deseando que puedan confiar en mÃ, que estén siempre seguros de que mis planes no son estar singando por ahÃ, a dos manos.
Sentà que todo lo que hacÃa no significaba nada. Nunca intenté acercarme a ellos, me intimidaba la idea de ir donde ellos y confesarles todo lo que habÃa en mi mente. Quizás exageré, pero sà consideré la idea de cortarme las venas. Una tarde de invierno, Mami estaba en la galerÃa y, junto a Luis, me pidieron hablar conmigo. No entendÃan por qué estaba tan callada. Hablaron de sus sacrificios por mà y de lo mucho que me amaban. Yo, con la mirada baja y las manos cruzadas, escuchaba lo mal que se sentÃan por mi silencio y mis intenciones de llamar la atención, según ellos.
Luis declaró que se permitÃa el noviecito. Lo irónico es que, después de aquella vez que Mami me dio esa agolpea, ella me dejaba invitar al novio a la casa y llevarlo cuando salÃamos, y también me apoyó en la relación mucho antes de que Luis me diera la luz verde.
Julie Reyes. Born in New Brunswick, New Jersey, to Dominican immigrants, Reyes is a Dominican-American actress and writer. She grew up in Santiago, Dominican Republic, where she attended Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM University) as a Communications major. Julie joined the university theater and pursued an acting career, and enrolled in The New York Conservatory for Dramatic Arts in Manhattan, NY, where she began her training. Today, she’s bi-coastal and continues to write and work on projects based out of Los Angeles, CA, and the East Coast.




